Elogio de Abraham

¡No! Nada se perderá de aquellos que fueron grandes, cada uno a su modo y según la grandeza del objeto que amó. Porque fue grande por su persona quién se amó a sí mismo; y quién amó a otro fue grande dándose; pero fue el más grande de todos quién amó a Dios. Los grandes hombres serán célebres en la historia; pero cada cual fue grande según el objeto de su esperanza: uno fue grande en la que atiende a lo posible; otro en las cosas eternas; pero el más grande de todo fue quien esperó lo imposible. Los grandes hombres sobrevivirán en la memoria; pero cada uno de ellos fue grande según la importancia de aquello que combatió. Porque quien luchó contra el mundo fue grande triunfando del mundo; y fue grande por su victoria sobre sí mismo quien luchó contra sí mismo; pero fue el más grande de todos quién luchó contra Dios. Tales fueron los combates librados sobre esta tierra: hombre contra hombre, uno contra mil; pero quien luchó contra Dios fue el más grande de todos. Tales fueron los combates aquí abajo: uno arribó al término de todo usando su fuerza; otro desarmó a Dios por su propia debilidad. Los hay que se apoyaron en sí mismos y triunfaron de todo; otros lo sacrificaron todo; pero fue el más grande de todos quien creyó en Dios. Y hubo hombres grandes por sus energías, saber, esperanza o amor; pero Abraham fue el más grande de todos: grande por la energía cuya fuerza es debilidad, por el saber cuyo secreto es locura; por la esperanza cuya forma es la demencia; por el amor que es odio de sí mismo.

Por la fe Abraham dejó la tierra de sus mayores y fue extranjero en tierra prometida. Abandonó una cosa, su razón terrestre, y tomó otra, la fe; si no, pensando en lo absurdo de su viaje no hubiera partido. Por la fe fue extranjero en tierra prometida, donde nada le recordaba aquello que amó, mientras que la novedad de todas las cosas introducía en su alma la tentación de un doloroso arrepentimiento. ¡Con todo, era el elegido de Dios, en quien el Eterno se complacía! En verdad, de haber sido un desheredado, un despojado de la gracia divina, quizá hubiera comprendido mejor esa situación que parecía una burla a él y a su fe. También hubo en el mundo quien vivió despojado de su patria bienamada. No se le ha olvidado, ni tampoco sus quejas allí donde en su melancolía buscó y halló lo que había perdido.

Abraham no ha dejado lamentaciones. Es humano condolerse y llorar con el que llora; pero es más grande creer, y más reconfortante aún contemplar al creyente.

Soren Kierkegaard, Temor y Temblor

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